Friday, August 06, 2004

Bienvenidos!!!!!!

… et la traduction est aussi un phénomène, … ,
une expérience énigmatique de l’hospitalité,
sinon la condition de toute hospitalité en général.
–Jacques Derrida


Hoy X de agosto del 2004 llegamos al Hotel del Mundo, un hotel sin puertas, sin señor, cosmopolita. En un gesto de hospitalidad incondicional, el Hotel del Mundo acoge la traducción al castellano de las letras y lenguas del mundo; no busca lucrar, por eso no se hace responsable de las dificultades legales o económicas que la llegada de huéspedes pueda acarrear a quienes recomienden el lugar; no verificará la concordancia entre la lengua de la fuente original y la versión castellana, tampoco la existencia ni de la fuente citada ni de un(a) autor(a) original o de su traductor(a). Cortamos pues listones dando la bienvenida a un cuento de François Bott, del libro Une Minute d’absence (nouvelles), Gallimard, 2001. La versión es de Eliézer Navarro.


Un minuto de ausencia


Oise no ofrecía atractivos. En ese departamento, el gris era en efecto el color ordinario del cielo y de los estados del alma. En cuanto a la ciudad de Beauvais, antiguamente defendida por Jeanne Hachette de las ambiciones de Charles el Temerario, ésta oscilaba entre la tranquilidad taciturna de las antiguas provincias y la turbulencia de los grandes arrabales. A decir verdad, esta prefectura atravesaba (como Pontoise, Amiens o Dieppe) los últimos tiempos de una Francia sentimental largo tiempo ilustrada por las Jeannette, las Juliette, las Marie-Louise y las Albertine.

Antoine Mercier se acordaba muy bien de la mala reputación de Charles el Temerario por las clases de tercero de bachillerato. Después de todo, no tenía más que treinta y dos años. Era todavía una edad para los recuerdos de ese tipo y para los sueños razonables. Sin embargo, fingía las prolongaciones de su existencia. A pesar de sus aires de atleta completo, pertenecía desde ahora al mundo de los fantasmas. Sobrevivía a sí mismo… Era el guardián del estadio de Beauvais y el jardinero del campo donde se presentaban los equipos locales, bajo las miradas (patriotas) de sus seguidores. Porque en los campos de futbol, aquello se conserva y se cuida como los huertos de la Isla-de-Francia o las rosaleras de Picardie. Era una suerte de semijubilación. Antoine cultivaba su jardín como lo había recomendado Voltaire.

Cada semana iba a pasar un día en París. Era el martes por lo general. Tomaba el tren hasta la estación del Norte, y el metro hasta la puerta de Auteuil, con esa aprensión tan particular que sienten las personas que hacen peregrinaciones en su pasado. Antoine Mercier volvía al Parque de los Príncipes, sobre el prado de sus viejos sueños y al escenario de sus antiguas hazañas. Con la complicidad de su colega, el guardián del parque, se metía furtivamente al estadio desierto y silencioso, como si hubiera venido a robar con allanamiento de morada. Pero Antoine era solamente un ladrón de recuerdos.

Después de algunos minutos, las tribunas se llenaban de nuevo de los clamores, la vociferación, los silbidos, los bravos de otros tiempos, como si hubieran estado ocupadas por cuarenta mil espectadores fantasmas, pues el silencio volvía a caer con la indiferencia de los veredictos más severos. En la noche, cuando atravesaba nuevamente Saint-Denis, Sarcelles y Méru, para recobrar los encantos del Beauvaisis, Antoine Mercier medía las traiciones de la nostalgia. Eso lo invade sin avisar, sobre todo en invierno. Hay melancolías de salón, melancolías de balneario, melancolías de grandes hoteles… Antoine sentía, por su parte, melancolías de suburbios, de bares y de salas de espera. La estación del Norte y la de Beauvais eran los mejores lugares para experimentar la precariedad lúgubre de la juventud, de la felicidad y de la gloria. Eso se adivinaba en todas las caras de los viajeros. Por más que hacían parecían y se daban aires de tíos de provincia, de comerciantes honrados, de aventureros endurecidos, de seductores distraídos o de filósofos muy sagaces, no engañaban a nadie. Incluso el SNCF, a pesar de la exactitud de sus trenes y la puntualidad de sus jefes de estación, parecía no poder hacer nada contra los rigores del destino.

Algunas veces, antes de entrar, Antoine daba un rodeo por el barrio de la Ópera. Regresaba por los bulevares de su juventud, para ahí reavivar las sensaciones, los estremecimientos y las esperanzas de antaño, cuando el futuro aún no estaba ensombrecido. Antoine Mercier tenía catorce años en el momento que sus padres se habían establecido en un pequeño apartamento de la calle La Michodière. El anticiclón de los Açores debió llevarlo sobre la depresión de Irlanda, porque hacía un clima soberbio el día de la mudanza. Sacando provecho del acariciador sol de invierno, Antoine había explorado enseguida el bulevar de los Italianos. Estaba feliz. Tenía la impresión de acercarse a Venecia, Florencia y Roma. Hacia finales de los años sesenta, la Francia sentimental soñaba todavía con la dulzura toscana y los esplendores romanos. El viaje a Italia representaba el programa de materias, con la lectura de los Tres Mosqueteros y El atrapa corazones. El joven Mercier estaba enamorado de la literatura. En las clases del liceo Condorcet, formaba parte de aquellos que se apasionaban tanto por el resultado del combate Racine-Corneille como por las peripecias del último encuentro entre el FC Nantes y los Verts de Saint-Étienne de la bella época. Antoine habría querido continuar sus estudios, pero debió elegir entre éstos y la carrera de futbolista profesional. Los sueños de gloria habían eclipsado (naturalmente) las perspectivas de una vida estudiosa. Había lamentado frecuentemente este sacrificio… Luego los años habían tenido la crueldad de fugarse. Sabía, ahora, que era su oficio darse prisa…

En Beauvais, Antoine ocupaba una vivienda de la municipalidad, muy cerca del estadio. Era cómoda. Cada tarde, después del trabajo de jardinería, leía algunas páginas de Léon-Paul Fargue, el eterno caminante de la literatura francesa, que siempre llegaba tarde a las cenas. Este escritor había atrapado el gusto por la vagancia desde su infancia. Es una pasión como las otras, aunque más amable y menos tirana. Una forma deliciosa y negligente de perder su tiempo. Uno no celebra nunca demasiado los encantos del descuido cuando las épocas son hurañas e inquietas.

Antoine Mercier se descubría, se reconocía en aquel viejo transeúnte de París, que había tenido estremecimientos de felicidad mientras veía pasar los trenes bajo el puente de la Chapelle, y que se había detenido frecuentemente en las modestas tabernas donde la especie humana filosofa ante un anisado. Así es como se toleran las geografías sentimentales y se forman las sensibilidades… Para festejar el año 1900, Léon-Paul había tenido su primera lección amorosa con una mujer joven que se llamaba Ludivine Létinois. ¿De qué novela salía esta señorita? Fargue la había encontrado durante su servicio militar, al este de Francia. Había aceptado seguirlo a París, pero, cansada de sus retardos y de sus problemas de dinero, lo había dejado muy rápido para volverse comparsa de espectáculos de variedad.

La esposa de Antoine Mercier no se llamaba Ludivine. Se llamaba Jeannette. Pero eso no impidió que también lo abandonara. Porque las Jeannette, las Ernestine, las Marcelle, las Raymonde te engañan y te abandonan igual que las Ludivine, las Amélie, las Angélique o las Aurora. «No hay más que las mujeres para preservar el universo y restituirle su magia», pensaba Antoine. Por desgracia, la partida de Jeannette había confirmado la ruina de su carrera y de su existencia. Un sábado de otoño, calle La Fontaine, se había ausentado del domicilio conyugal, con el pretexto de ir a comprar flores y lápiz labial. Desde entonces, Antoine detestaba la palabra «compras». Con todo es bonita. La Célimène de Molière, por ejemplo, hacía compras en el París del siglo xvii, incluso si eso desagradaba a Alceste…, la diferencia es que Jeannette no regresó. Antoine Mercier había recibido una carta de la joven mujer dos meses después. Decía que no podía quedarse con «un tipo pobre» que incluso ya no estaba «de moda». Se había ido a vivir con uno de los dirigentes del P-S-G. Pedía el divorcio e imaginaba su nueva vida como esas vacaciones que la gente cuenta en las tarjetas postales, con las mentiras ordinarias sobre la belleza de los paisajes y el color del cielo.

¿Antoine estaba pasado de moda? En todo caso, la suerte, esa dama bastante caprichosa, había cesado de protegerlo y favorecerlo, ya que había sobrevenido, además, la pena de perder a su mejor camarada, el ala izquierda Maurice Dumas, arrebatado por un cáncer. Habían debutado juntos en los campos de futbol y en los mesabancos del liceo Condorcet. Los amigos tienen la mala costumbre de dejarnos por las buenas, y los alas derechas desaparecen como todo el mundo. A pesar de sus juegos de manos, Maurice no había conseguido burlar a la muerte. Era necesario creer que la desdicha rehusaba venir sola a las citas que daba.

«El reposo en los pueblos es una segunda fatiga», había escrito Roger Nimier. Antoine Mercier conocía bien ese género de resignación. Hacía, sin rebelarse ni quejarse, su trabajo de jardinería. Los directivos del club de Beauvais se habían apiadado de la suerte de esa vieja estrella del futbol. Habían contratado a Antoine por compasión y para demostrar (tal vez) que el populacho no era tan feroz como se decía… Desde luego, la compasión existe, incluso si eso es un sentimiento sospechoso. Eso significa que uno se esfuerza en compartir la desdicha de los otros. ¿Pero es que uno comparte sólo la decadencia de un hombre? ¿Y la soledad, la calle, las noches frías? Después de la fuga de su esposa, Antoine Mercier había, en efecto, abandonado también él el domicilio conyugal, por no poder pagar la renta. Había andado de hotel en hotel –desde los más apagados hasta los más sórdidos. ¿Qué habría pensado de ello el querido Léon-Paul?

En los años treinta, Fargue había conocido la misma angustia. Se había reunido con los SDF de la literatura francesa, Villon, Nerval, Verlaine… En ese y por mucho tiempo había contado con la generosidad de las «damas del mundo» para asegurar su propia supervivencia, pero malgastó el dinero de sus protectoras. Se había servido de él para satisfacer sus diversas fantasías. L-PF era muy gastador. Se costeaba viajes en taxi para investigar sobre los misterios de la capital y dar con el doble de Baudelaire en un café del segundo distrito. Las «damas del mundo» habían terminado sin duda por enfadarse, y Léon-Paul se había encontrado «en la calle», echando pestes contra el humor cambiante de los marqueses o la ingratitud de los duques. Pero al menos escribía. Las casualidades y las decepciones de su existencia alimentaban las crónicas del Piéton de París. Y la literatura, al parecer, lo consuelan de todo lo demás. Antoine Mercier no había tenido ni el ocio ni la perseverancia necesarios para escribir. El futbol lo había absorbido totalmente, como todas las pasiones que se vuelven oficios: apicultor, astrónomo, gramático, paisajista o presidente de la República…

A los veinticinco años, Antoine se había vuelto el portero del Stade Français, el cual, reanimado y reactivado por la industria farmacéutica, había recobrado el campeonato de primera división, después de un muy largo eclipse. A finales de los años cuarenta, Larbi Ben Barek había brillado en ese club legendario, por sus quiebres y tiros indirectos, los más felinos de una estrella que trataba luego de olvidar, en los campos, los horrores y las heridas de la Segunda Guerra Mundial. Para la generación de Antoine, la sombra de Ben Barek se perdía en la noche de los tiempos, igual que las piernas de Marlene Dietrich. Y la juventud mira siempre las épocas pasadas de moda con la condescendencia necesaria. A pesar de ello, los periodistas viejos comparaban de buen grado el estilo de Antoine con el de otra estrella de pos-guerra, René Vignal, apodado por los ingleses «El francés volador». Los vuelos de Mercier recordaban aquellos del antiguo portero del Racing. Ni uno ni otro había tenido con frecuencia la amargura de ir a «recoger las margaritas», llamadas igualmente margaritas de los prados.

Antoine pertenecía a la categoría de los extraterrestres. Formaba parte de esas gentes que triunfan sobre la gravedad y consiguen de vez en cuando evadir la condición humana. Era de la familia de Heurtebise, el ángel de Jean Cocteau, quien podía «durar un minuto entre el cielo y la tierra». Practicaba la misma seducción que sus hermanos o colegas ciclistas, los «ángeles de la montaña», quienes cada julio daban lecciones de agilidad a sus iguales, al lado de Bagnères-de-Bigorre o de Briançon… En las canchas de Francia, Antoine Mercier era el ángel de la guarda de su equipo. Lo protegía de la mala suerte y lo salvaba cuando estaba desamparado. Llevaba sin embargo una vida de noctámbulo, frecuentando los salones de baile hasta el amanecer, en compañía de Jeannette – quien se apresuraba a aprender los pasos de moda. Como Fargue, Antoine tenía sin duda una excusa divina por su ausencia cuando llegaba tarde al entrenamiento.

Además había estado en aquella final de la Copa Europea, en Munich, contra el Milán AC de la gran época, ante cincuenta mil espectadores en uniforme primaveral. El marcador era cero a cero al terminar el tiempo reglamentario. Durante los tiempos extras, el Stade francés iba a sufrir el dominio del equipo italiano y sus holandeses. La defensa parisina enloquecía y se hundía, pero Antoine Mercier estaba en estado de gracia. Realizaba proezas bajo los aplausos de una Alemania vuelta otra vez francófila: detuvo tres tiros directos a la portería, de Rijkaard, Donadoni y Van Basten. El marcador seguía igual al término de los tiempos extras, fue necesario ir al desempate con tiros penales. El público de los estadios es muy ávido de este tipo de muerte, donde el gol, víctima expiatoria, se vuelve a encontrar solo frente al atacante contrario. Bajo las miradas crueles de la muchedumbre, es requerido hacer milagros: «actos contrarios a las leyes ordinarias de la naturaleza», como dice M. Littré…

Colocados en porterías contrarias, ni Mercier ni Rossi, el portero italiano, pudieron parar los cuatro primeros tiros. Pero el milanés consiguió desviar el quinto al tirarse a la izquierda. Antoine tenía la obligación de igualar a su colega italiano, so pena de hacer perder a su equipo. Experimentaba una extraña serenidad, muy alejada de la famosa «angustia del portero al momento del pénalti». Le tocaba tirar a Maldini. El defensa izquierdo milanés pone cuidadosamente el balón sobre la marca blanca que atraía todas las miradas, en el área chica, luego da media vuelta para tomar impulso, pareciendo no preocuparse de la presencia de Antoine Mercier en la portería. «Me aísla», pensó el ex alumno del liceo de la calle Havre. El verbo «aislar» es muy usado por los futbolistas. Significa que el adversario se pitorrea de uno.

Entretanto, con sus aires de matador desdeñoso, Maldini sufría también esa presión bastante conocida, que paraliza incluso a los jugadores más experimentados. Chutó en la tierra y falló el tiro. Un terrible silencio invadió el estadio, mientras el balón rodaba suavemente hacia la portería. Parecía que rodaría por una eternidad… Antoine tuvo el tiempo de representarse su existencia en cámara lenta: las pesadumbres irremediables suscitadas por la muerte de su padre, luego la de su mamá, y su reencuentro con Jeannette. La había visto por primera vez detrás de un aparador. Era empleada en una boutique de ropa para caballeros, en Touquet. Ella le había dirigido la sonrisa más natural de Francia. A pesar de sus numerosos viajes por provincia, el muchacho no había encontrado el equivalente de esa sonrisa, ni en Limoges ni en Montpellier, ciudades no obstante famosas por la amabilidad de sus damiselas y la calma de sus avenidas.

A Antoine Mercier le había gustado luego luego la joven empleada, ¡piensan bien! Jeannette y él ya no eran libres. Ella era menos voluble que versátil y distraída. Lo despertaba a las 4:00 de la mañana para que la viera y le dijera si tenía la tez lozana, cuál era la capital de Alaska y qué línea del metro debía tomar el domingo siguiente, cuándo iría a Saint-Eustache. Llevaba desde siempre una existencia casi exacta. Como la necedad de M. Teste, la exactitud no era su fuerte. Tenía raramente citas con… ella, segura de que se retrasaría o cometería un error consigo. A pesar de ello, pregonaba la mayoría de las veces un optimismo de carta postal. Ustedes saben: todo va muy bien, señora marquesa; cielo claro y vacaciones deliciosas en Riva-Bella; ociosidad y tiempo sublime en las Arenas-de-Olone. Antoine llamaba a eso «cartapostalismo»…

Como en un sueño, el francés volador se lanzó a la derecha, para hacerse de esa facilísima pelota. Mas, por no se sabe qué sortilegio, le pasó bajo el brazo y atravesó el marco, para ir a meterse tranquilamente al fondo de la red. Ya, los italianos se congratularon, pasmados por esta sorpresa en la cancha de Munich. Era el triunfo de lo imprevisible. Antoine Mercier había cometido el mismo tipo de error que Luis Arconada en la final del campeonato de Europa, en 1984. El desdichado portero del equipo de España había dado, de sobra, su patronímico a esta clase de torpeza.

Antoine no tenía que recuperarse. El público parisino no le perdonó jamás haber arruinado las esperanzas que había depositado en el Stade Français. Todos tenemos minutos de ausencia, y el destino no falla en sacarles provecho. El francés volador iba a ser severamente castigado por su descuido y por su distracción – llame a esto como lo desee. Cada vez que entraba a la cancha del parque, era recibido con rechiflas y burlas que le ayudaban a medir la ingratitud y la ferocidad de la multitud. Se recomienda no desesperar a Boulogne-Billancourt… Antoine Mercier se consolaba en los bares, en compañía de esos borrachos que no terminan de contar las tristezas de la vida, a la hora de cerrar. Naturalmente, llegaba cada vez más tarde a los entrenamientos. Y algunas veces olvidaba ir, a pesar de las reprimendas del entrenador y de las multas que la dirección del club le infligía. Lo inevitable debía producirse. Empezando por sacarlo del equipo de primera división, Antoine iba a ser excluido del Stade Français por faltas profesionales.

Usted conoce el resultado. Eso fue el hundimiento. Ver a los ángeles quebrantar su figura es, sin duda, la cosa más desconsoladora del mundo. Abandonado por Jeannette, Antoine Mercier andaba otra vez por la calle, antes que suscitar la compasión de los dirigentes de Beauvais. Tuvo el mismo fin irrisorio que Vignal y Ben Barek. El primero había caído en el bandidaje. Y el segundo, el hipnotizador de antaño, había muerto solo en un hotel de Casablanca. Alejado de la gloria, Antoine se perdía en el claroscuro de la existencia. Era mejor que el cementerio o la prisión. Aun así: toda una carrera y toda una vida destrozadas por un minuto de ausencia, ¿no le parece que se paga un precio alto por él?

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Tuesday, August 03, 2004

hotel del mundo

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